domingo, 4 de diciembre de 2016

Sandra Parada: “La última lágrima que tenía, me la gasté”

Un roble. Eso es Sandra Parada. Tiene 47 años, los suficientes para entender lo que la vida quería para ella. Ya le enseñó mucho. Muchas veces la elevó al cielo y otras, la zarandeó tanto hasta que aprendió la lección.

Tuvo tres relaciones serias. Se casó dos veces. Enamora con José Gary Áñez desde hace cuatro años. Tiene tres hijas (María José, Juliana y Rafaelita). No quiere ni puede tener una cuarta. Está en paz consigo misma. Ama su soledad y sus cuatro paredes. Ya lloró todo lo que tenía que llorar. Ya nada la emociona.

Quizá no retorne al altar, porque le da flojera vestirse de blanco. Preferiría irse a la ciudad del pecado y que Elvis Presley le dé la bendición. Es broma, porque el rey del rocanrol murió y Las Vegas está muy lejos. Bueno, la verdad, cree que casamiento y convivencia son sinónimos, así que no hace falta ponerse la liga y lanzar el buqué.
Comunicadora social. Nadó como un delfín durante 29 años en la pantalla chica y es una de las mujeres más experimentadas y versátiles en la conducción de un programa de televisión en diferentes formatos. Su rostro se vio en grandes televisoras, como Unitel y PAT. Hace dos años dejó la TV. Y... no se muere por volver a su magia.

Sandra. Parte 1
Ella cree que siempre hizo lo correcto en el momento y espacio adecuado de su vida. Condujo Decibeles (ese programa juvenil de canal 9) cuando tuvo que hacerlo. Era joven. Llevó minifalda y un escote atrevido. Y cuando tuvo que dejarlo, lo hizo. Después saltó a La batidora y más tarde a En hora buena, ambas revistas matinales.

Dejó Unitel, porque propuso hacer una renovación en La batidora y la producción de ese entonces le respondió que lo hiciera ella. Allí, Sandra les contestó: “De acuerdo, pero negociamos mi sueldo”. No sucedió y dijo adiós. En la red PAT comenzó de cero con En hora buena. Estuvo siete años y un acuerdo entre ambas partes la alejó.

Siguiendo los consejos de experimentados comunicadores del país, creó su propio sello y apareció en Activa, el canal de la telefónica Cotas. Le puso su nombre al programa y después se arrepintió. “Fue la peor metida de pata de mi vida”, es lo que todavía afirma tajantemente (estuvo al aire apenas un año).

Sandra. Parte 2
En Unitel y en PAT tocó la gloria. Se convirtió en una estrella de la TV y su nombre aún es muy respetado en el medio. Pero, las cosas no duran para siempre. Niega haberse equivocado, a excepción de su último proyecto, en el canal de cable. Mantiene lazos con los propietarios de Unitel y siempre retorna, como en el más reciente Miss Bolivia, donde sorprendió a la audiencia al aparecer como coconductora.

Esa noche brilló y muchos creyeron que se quedaría nuevamente en la pantalla chica, pero solo se trató de una invitación de Promociones Gloria que debía cumplir. Agradece esos comentarios en las redes sociales que anhelaban su retorno y ventila cualquier rumor que asegure su regreso.

No se muere por retornar. Está feliz y, sobretodo, tranquila con todo lo que tiene ahora. Junto con Sissi Áñez y Mónica Salvatierra conduce Un día perfecto, por Radio Uno (96.7 FM). Ella no piensa esto: “Ahora que no hay televisión, haré radio. Ya ni modo”. Así como le encanta la ‘caja boba’, también disfruta estar al aire todos los días.
Eso significa que ¿le pondrá siete cruces a la tele? No tan así. Cuando exista un espacio en el que se sienta cómoda, cuando aparezca lo que ella está buscando, cuando se den las condiciones económicas que necesita a estas alturas de su vida, allí puede pensarlo. Pensarlo no significa que volverá.

Mientras tanto, está muy bien en la radio. Agrega: “La TV es mágica, un mundo aparte en el que he navegado desde que tenía 16 años”. Y desea dejar todas las ideas bien ordenadas: “Si es que existe o si es que se crea un espacio en el que yo pueda sentirme Sandra y no un producto, puedo volver, mientras tanto no lo estoy buscando, no me están buscando, estoy tranquila, feliz... no hay necesidad de buscar algo que no he perdido en otra parte. Una cosa es que me den la oportunidad y otra es que a mí me dé la gana de volver. Yo no soy servil a nadie”.

Sandra. Parte 3
Aunque Sandra asegura estar en una zona de confort, que le permite atender a su pequeña, dormir con ella y mimarla hasta el infinito, no descarta que el formato de un programa en el que solo ella sea la protagonista le simpatice. Ese siempre fue su objetivo, terminar en la pantalla como una Susana Giménez, pero ¡ojo! no se cree una diva ni tampoco le quita el sueño.

Lo que pasa que la palabra diva no le cuadra. Para ella, una diva es aquella que viste con collares de perlas y asegura que sus aretes no cuestan nada. A lo que añade: “No uso brillos ni pieles y no me visto con ropa de marca. No me siento diva, me siento un ser humano que tiene el privilegio de llegar a otro ser humano. Eso soy”.
Ser siempre Sandra hizo que la gente la quiera, la acepte. Y cuando se la ve, de vez en cuando, conduciendo algún certamen de belleza, no para de preguntarse a ella misma si aún el público querrá verla. Por los comentarios en las redes sociales, todavía parece que sí.

No se considera una súper star en la TV. No necesita batir la varita de Newt Scamander para embolsillarse a los televidentes. Nunca tuvo ningún patrón o algún truco para haberse mantenido bien Parada (como su apellido) por casi 30 años.

Cree que no tiene ningún astro que la ilumine. Se define a sí misma como imperfecta, con aciertos y errores. “Mi vida ha sido un caos emocional, no soy la persona que la gente debe seguir como la estela de un cometa; soy yo, tal cual”, es lo que se atreve a decir sin pestañear.

Sandra. Parte 4
Sandra es Sandra donde esté y con quien esté. Vive corrigiendo a la gente. Le incomoda ver que no pongan la tilde o la ‘h’ donde debe ir o le fastidia oír a alguien que no se exprese bien.

Eso de maestra lo hizo (y lo hace) siempre. En su momento, con Desirée Durán y con María Renée Antelo. La primera permitió que le enseñara a conducir un programa de TV y la segunda decidió dejar la pantalla.
Limó asperezas con ‘Desi’. Se perdonaron y lloraron juntas. Se encuentran en el colegio de sus hijos. Pero Sandra no pertenece al mundo de la miss Bolivia.

No tienen el mismo círculo de amistades. Alguna vez compartieron un set, pero cuando la vida así lo desea, se unen como maestras de ceremonias en algún evento importante.
Con Gloria Suárez de Limpias, la propietaria de Promociones Gloria, se lleva de maravilla. Solo una vez estuvieron distanciadas por una crítica que Sandra le hizo a una de sus misses.

“El distanciamiento duró muy poco. No me acuerdo cuánto. Después yo me acerqué y le pedí disculpas, y la abracé”, asegura. Y aclara: “Jamás tuve un problema con la señora Gloria por Desirée. Te prometo por mi vida que nunca me enteré sobre eso. Suficiente uno tiene con sus problemas, para meterse con otros. Metiche, jamás”.

Sandra. Parte 5
En el amor Sandra amó profundamente y las dos veces en que se paró ante un altar fue porque creía que era lo correcto y que el amor lo demandaba. Nunca dirá que se arrepiente de aquello. Pero cuando se le pregunta si lo volvería a hacer, no responde con un monosílabo: “No me casaría otra vez, conviviría. Al final es lo mismo”.

Lleva cuatro años de noviazgo con José Gary Áñez, otro comunicador como ella. Con él mantiene una relación de mucha paz, sin demasiada demanda. “Tanto es así que yo juraba que nunca se podía trabajar con tu pareja y aquí me ves, en la misma oficina, trabajamos juntos, nos valoramos, cada uno respeta su espacio”, dice.

¿Hasta cuándo estará con él? “Hasta que Dios defina y hasta que el amor esté”. Sí hablaron de matrimonio, pero otra vez salta con su política: “Ni la TV ni el casamiento me quitan el sueño. Tengo mi pareja, soy ‘familiera’, pero ya no necesito buscar bulla. Yo elegí estar sola. Vivo la vida más ligera. He aprendido a amar mi soledad y mis cuatro paredes”.

Hace un tiempo una hernia enclavada en su columna la sobregiró. Una operación evitó que quedara parapléjica. Ahora vive con una placa de platino en el cuello. Ya está bien. Tuvo que sufrir para aprender. La salida del canal, las deudas, la crisis en el amor, su hija lejos en una universidad cara... todo eso armó un torbellino emocional en su cerebro que la hizo tocar fondo. Confiesa: “En su momento, me lo lloré todo, la última lágrima que tenía me la gasté. Las cosas duras me hicieron muy fuerte. Me convertí en algo similar a un roble”.

Y sí es dura, porque coloca en letras mayúsculas: “Soy práctica en todas las acciones de mi vida, no tengo afán de sacrificio por nadie, más que por mis hijas. Puedo dejar de hacer todo en la vida por ellas, pero no por un hombre. Si él no se comporta bien conmigo, no tengo por qué sufrir por alguien que no vale nada”.

Sueña con ser abuela de uno, dos o muchos nietos, sin importar lo que sean, hombrecito o mujercita (ella nunca buscó el varoncito). Quiere vivir hasta los 80. Todavía le queda mucho por disfrutar

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